Hay una imagen que explica mejor que cualquier gráfico de ventas lo que significa ser una artista total: Andrea Echeverri, sentada en una oficina de Washington D.C., rodeada de estantes llenos de libros y vinilos, sosteniendo una bandera que ella misma cosió. No hay pirotecnia, no hay autotune, no hay pretensiones. Solo una mujer que, tras tres décadas de carrera, sigue entendiendo que el lujo más grande del mundo no es el dinero, sino la coherencia.
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