Imagina que tu árbol genealógico no es una lista de nombres en un papel viejo, sino una habitación llena de luz filtrada por las persianas, donde el olor a tierra mojada y los secretos susurrados tienen más peso que las actas de nacimiento. Carla Simón no hace películas; ella excava en el jardín de lo que fuimos para explicarnos quiénes somos hoy. Tras conquistar Berlín y poner el cine español en el centro del mapa global con Alcarràs, la directora catalana regresa con Romería, recordándonos que el liderazgo creativo más poderoso no nace de la obviedad, sino de la vulnerabilidad más absoluta.
El arte de transformar el silencio en guion
A Carla Simón no le interesa la épica de las batallas externas, sino la guerra fría que se libra en las sobremesas familiares. Tras el fenómeno de Alcarràs —una cinta que logró lo impensable: que el mundo entero se preocupara por el precio del melocotón en un pueblo de Lleida—, la presión hubiera paralizado a cualquiera. Pero Carla no es cualquiera. Su maestría reside en entender que la universalidad se alcanza rascando en lo local, en lo íntimo, en lo que duele.
En Romería, Simón cierra su trilogía autobiográfica. Si con Estiu 1993 nos rompió el corazón al narrar la orfandad desde los ojos de una niña, y con Alcarràs honró la herencia de la tierra, ahora se lanza a la búsqueda de los padres ausentes. Es una lección de liderazgo para cualquier mujer con criterio: a veces, para avanzar, hay que tener el valor de mirar atrás y reconstruir las piezas que otros dejaron caer. No escribe con tinta, escribe con recuerdos, filtrando la realidad a través de una sensibilidad que no pide permiso para ser femenina, compleja y profundamente inteligente.
Vigo como escenario de una arqueología afectiva
Mientras muchos directores buscan la espectacularidad de los efectos visuales, Simón busca la verdad en el gesto de una mano o en la profundidad de una mirada de un actor no profesional. Para Romería, se ha trasladado a Vigo. ¿Por qué Galicia? Porque allí reside el eco de la familia biológica que no conoció, los restos de una historia marcada por el estigma del SIDA en los años ochenta, un tema que ella trata con una elegancia desprovista de victimismo.
La película sigue a Marina, una joven que viaja a Galicia para conocer a la familia de su padre biológico. Es una "romería" en el sentido más espiritual: una peregrinación hacia el origen. Carla nos propone un juego de espejos donde la ficción sirve para rellenar los huecos de la memoria. Como ella misma ha dicho, "si no tienes recuerdos, tienes que inventarlos". Esta es la clave de su proceso creativo: la imaginación como herramienta de supervivencia y como forma de tomar el control de nuestra propia narrativa.
La dirección de cine como un ejercicio de empatía radical
Lo que diferencia a Carla Simón de otros nombres de su generación no es solo su técnica impecable, sino su método. Ha instaurado una forma de rodar que se siente más como una comunidad que como una jerarquía rígida. Trabaja con actores no profesionales a los que somete a meses de convivencia para que los vínculos que vemos en pantalla sean "vínculos de verdad". No se trata de actuar, sino de ser.
Este enfoque es un reflejo de una nueva forma de autoridad femenina en las industrias creativas. Lejos del mito del director tiránico, Carla lidera desde la escucha. Sabe que el talento florece cuando hay espacio para el error y cuando se respeta la identidad del otro. Para las mujeres extraordinarias que nos leen, el ascenso de Simón es un recordatorio de que no hace falta endurecer el tono para ser escuchada; a veces, el susurro más honesto es el que genera el mayor impacto.
La memoria como refugio de la identidad femenina
En una era obsesionada con el futuro y la innovación tecnológica, el cine de Carla Simón es un acto de rebeldía. Nos obliga a detenernos. Su obra nos pregunta: ¿Qué queda de nosotras cuando desaparecen los que nos precedieron? ¿Cómo construimos nuestra identidad sobre los silencios de nuestras madres y abuelas?
Romería no es solo una película para cinéfilos; es una invitación a que cada una de nosotras haga su propia excavación. Carla ha convertido su biografía en un patrimonio colectivo. Nos ha enseñado que nuestras historias domésticas, esas que a veces despreciamos por "pequeñas", son en realidad los pilares sobre los que se construye la historia con mayúsculas. Ella ha tomado el trauma y la ausencia y los ha convertido en belleza cinematográfica, demostrando que la vulnerabilidad es, en realidad, nuestra mayor fortaleza competitiva.
¿Por qué necesitamos seguirle la pista?
Porque Carla Simón representa la culminación de una generación de cineastas (las llamadas "hijas de la crisis" o la "nueva hornada catalana") que han dejado de pedir permiso para ocupar su lugar. Ya no se trata de "cine hecho por mujeres" como una etiqueta de marketing, sino de cine de autoría total que redefine el canon.
Cuando Romería llegue a las salas, no busques solo una trama. Busca la luz. Busca la forma en que el pasado se entrelaza con el presente. Y, sobre todo, observa cómo una mujer ha decidido contar su historia sin adornos, con la seguridad de quien sabe que su visión es única. Carla Simón nos ha devuelto el prestigio de la intimidad, y en un mundo que grita, nada es más valiente que volver a la calma de la verdad familiar.
Regresa la directora que nos enseñó a mirar las cicatrices con amor. Y lo hace recordándonos que, al final del día, lo único que realmente poseemos son los relatos que decidimos contar sobre nosotras mismas.




