Hubo un tiempo, no hace tanto, en el que internet se sentía como una biblioteca infinita donde nada moría jamás. Si querías recuperar aquel artículo de 2005 sobre el nacimiento de Facebook o las primeras crónicas de guerra enviadas por Twitter, la Wayback Machine de Internet Archive era tu máquina del tiempo particular. Pero algo se ha roto. Algunos de los medios más poderosos del mundo, desde el New York Times hasta Reuters, han decidido echar el cierre. Han puesto un candado a sus archivos y, con ello, han abierto una brecha ética que debería preocuparnos a todas.
La paradoja del portero de discoteca
Imagina que decides cerrar con llave la hemeroteca de tu ciudad porque te has enterado de que un grupo de estudiantes está usando tus libros para hacer un trabajo de fin de curso sin mencionarte. Suena mezquino, ¿verdad? Pues eso es, a grandes rasgos, lo que está ocurriendo en el ecosistema digital. Los grandes medios de comunicación han empezado a bloquear los rastreadores de Internet Archive. La razón oficial es el miedo a que las empresas de Inteligencia Artificial como OpenAI o Google utilicen sus décadas de contenido para entrenar sus modelos de lenguaje sin pagar un solo céntimo.
Es una cuestión de supervivencia económica, dicen. Si ChatGPT puede resumir treinta años de tu periodismo de investigación en tres segundos, ¿quién va a pagar tu suscripción? Pero en esta batalla por el copyright, las piezas que se están perdiendo por el camino no son solo facturas, es nuestra memoria colectiva. Al bloquear estos archivos, no solo impiden que la IA aprenda de ellas, también impiden que las futuras historiadoras, periodistas y ciudadanas puedan verificar qué se dijo, cuándo se dijo y cómo se manipuló la información.
El miedo a que la IA nos devuelva una versión distorsionada de nosotras mismas
Estamos en un momento crítico donde la historia ya no la escriben solo los vencedores, sino los algoritmos. Si los medios de referencia borran sus huellas del Archivo de Internet, la IA se alimentará de lo que quede fuera: foros de Reddit, hilos de Twitter sin contrastar y granjas de contenido diseñadas exclusivamente para el SEO. El resultado es peligroso. Estaremos creando un futuro donde las máquinas creen conocer nuestro pasado basándose en información residual y no en el periodismo de calidad.
Este "gran borrado" crea un vacío de poder. Si una política cambia de opinión sobre un tema crucial y borra sus declaraciones anteriores de su web oficial, y el Archivo de Internet no ha podido "capturar" esa página, esa verdad desaparece. Estamos permitiendo que las corporaciones tengan el control total sobre lo que es recordable y lo que es olvidable. El derecho al olvido era una victoria para la privacidad individual, pero aplicado a las instituciones y a la historia pública, se convierte en una forma sofisticada de censura.
¿Es el copyright más importante que la posteridad?
Aquí es donde entra el dilema ético que nos toca de cerca. Como mujeres que consumimos y creamos cultura, sabemos que el contexto lo es todo. La forma en que se narró la crisis financiera de 2008 o cómo se cubrieron los primeros movimientos del feminismo global en la red son documentos vivos. Si esos archivos se vuelven inaccesibles por una disputa de licencias entre gigantes tecnológicos, estamos permitiendo que el mercado decida qué partes de nuestra evolución social merecen ser preservadas.
No se trata solo de dinero, se trata de propiedad intelectual frente a patrimonio de la humanidad. El Internet Archive nació con la misión quijotesca de ser la Biblioteca de Alejandría de nuestra era. Pero, a diferencia de la original, esta no se está quemando por accidente, la estamos desmantelando nosotras mismas bloqueando sus accesos. La ironía es dolorosa: en la era de la sobreinformación, estamos construyendo el periodo histórico más fácil de manipular y más difícil de rastrear de la humanidad.
Hacia un nuevo contrato digital
¿Existe una solución que no pase por el suicidio de los medios ni por la lobotomía de la historia digital? Algunas voces proponen que la IA pague cánones directamente a los archivos históricos, o que se creen "zonas seguras" donde la información sea pública para humanos pero invisible para robots de entrenamiento. Sin embargo, la tecnología va mucho más rápido que la legislación. Mientras los abogados discuten sobre términos de servicio, los enlaces se rompen y los archivos desaparecen.
Necesitamos exigir un nuevo contrato digital. No podemos permitir que la lucha legítima por el valor del trabajo periodístico se lleve por delante la transparencia histórica. No queremos un internet que solo viva en el presente más inmediato, un hilo infinito de novedades que se evaporan a las 24 horas. Queremos un pasado sólido sobre el que construir.
Si dejamos que la historia se convierta en un producto exclusivo detrás de un muro de pago, o peor, en algo que solo existe si una IA decide "alucinarlo" basándose en datos incompletos, habremos perdido la brújula. Al final del día, la tecnología debería ser la herramienta para que nuestras voces resuenen más fuerte y durante más tiempo, no la goma de borrar que limpie el rastro de quienes fuimos. La pregunta que queda flotando en el aire es casi una advertencia: dentro de cincuenta años, cuando nuestras hijas busquen quiénes fuimos hoy, ¿encontrarán fuentes fiables o un mensaje de "Error 404: historia no encontrada"?




