El monstruo ya no busca un creador, busca un espejo: Por qué la 'Bride' de Maggie Gyllenhaal es el manifiesto que necesitábamos
    Cultura

    El monstruo ya no busca un creador, busca un espejo: Por qué la 'Bride' de Maggie Gyllenhaal es el manifiesto que necesitábamos

    Elena Márquez5 min
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    Mary Shelley escribió Frankenstein durante un verano lluvioso en Ginebra cuando apenas tenía 18 años, rodeada de hombres que jugaban a ser dioses. Dos siglos después, Maggie Gyllenhaal ha decidido que ya basta de observar el mito desde la barrera. Lo que Gyllenhaal está haciendo en los estudios de W

    Mary Shelley escribió Frankenstein durante un verano lluvioso en Ginebra cuando apenas tenía 18 años, rodeada de hombres que jugaban a ser dioses. Dos siglos después, Maggie Gyllenhaal ha decidido que ya basta de observar el mito desde la barrera. Lo que Gyllenhaal está haciendo en los estudios de Warner Bros. no es un simple remake de terror gótico con aroma a naftalina; es una declaración de guerra cultural sobre quién tiene derecho a reconstruir su propia identidad cuando el mundo te ha dado por muerta.

    La anatomía de una obsesión

    Olvídate de la novia de peluca blanca y gritos histéricos que James Whale nos grabó en la retina en 1935. En The Bride!, Maggie Gyllenhaal nos sitúa en un Chicago vibrante de los años 30, pero no es el decorado lo que importa, sino la intención. Christian Bale es el Monstruo, sí, pero él es el catalizador, no el protagonista. Al pedirle al Dr. Euphronius que le fabrique una compañera, se desata algo que ninguno de los hombres en la sala —ni en la ficción ni, posiblemente, en la industria— esperaba: una mujer que despierta y, en lugar de obedecer a su propósito original, decide mirar a su creador a los ojos y preguntarle qué demonios está haciendo con su vida.

    Maggie no es una directora que juegue sobre seguro. Lo demostró con The Lost Daughter, donde diseccionó la maternidad con la precisión de un escalpelo. Ahora, toma un presupuesto de estudio y lo pone al servicio de una narrativa autoral. Es el ejemplo perfecto de lo que sucede cuando una mujer con criterio se sienta en la silla de dirección: la "criatura" deja de ser un objeto de deseo o de miedo para convertirse en un sujeto con hambre de mundo.

    El vestidor de la identidad: Jessie Buckley y la chispa vital

    La elección de Jessie Buckley para encarnar a la Novia es una jugada de ajedrez magistral. Buckley tiene esa capacidad de parecer que se va a romper y, un segundo después, incendiar la habitación completa con una mirada. En las primeras imágenes filtradas, vemos a una mujer con el pelo corto, rubio platino, manchas de tinta o pintura en la cara y una actitud que destila punk antes de que el punk existiera.

    Aquí es donde reside el giro de Gyllenhaal. La búsqueda de la Novia no es una búsqueda de amor romántico; es una búsqueda de conexión en un nivel mucho más visceral. En un sistema que penaliza la ambición femenina y que a menudo nos pide que encajemos en moldes prefabricados (como si estuviéramos cosidas a base de retales de expectativas ajenas), el mito de Frankenstein cobra una relevancia asombrosa. Todas hemos sido, en algún momento, esa criatura ensamblada para satisfacer las necesidades de otros, esperando que alguien nos dé permiso para empezar a respirar por nuestra cuenta.

    Liderazgo femenino: Rompiendo el frasco de formol

    No es casualidad que estemos viviendo un renacimiento de lo gótico-femenino. Desde el éxito de Poor Things de Yorgos Lanthimos hasta esta nueva propuesta de Gyllenhaal, parece que el cine ha redescubierto que no hay nada más subversivo que una mujer que descubre el placer y el poder tras haber sido anulada.

    Sin embargo, donde Lanthimos ponía el foco en la estética surrealista y el descubrimiento sexual, se intuye que Gyllenhaal buscará algo más crudo y político. No se trata solo de qué hace la Novia con su cuerpo, sino de qué hace con su rabia. Ver a una directora liderar un proyecto de esta envergadura, manejando el legado de uno de los mitos más grandes de la historia, es recordar que la "creatividad de alto presupuesto" ya no es un club exclusivo de caballeros con visiones mesiánicas. Maggie está aquí para demostrar que se puede ser comercial y profundamente intelectual al mismo tiempo. Que el buen gusto y el éxito de taquilla no tienen por qué ser amantes que se despiden al amanecer.

    Coser, bordar y desgarrar

    La producción de The Bride! se mueve entre el glamour de los años 30 y la suciedad del laboratorio. Es una metáfora perfecta del proceso creativo femenino en 2024: tenemos que ser impecables por fuera pero estar dispuestas a mancharnos de sangre y grasa para que las cosas funcionen. Gyllenhaal ha rodeado su visión de un elenco estelar que incluye a Annette Bening y Penélope Cruz, creando un ecosistema de talento que valida la importancia de este proyecto.

    Lo que Maggie nos está vendiendo no es una película de monstruos. Nos está vendiendo la posibilidad de la reinvención absoluta. Si una mujer hecha de trozos de cadáveres puede levantarse de una camilla y reclamar su lugar en la historia, ¿qué no podemos hacer nosotras con las piezas que la vida nos ha ido dejando por el camino?

    El derecho a ser un desastre maravilloso

    A menudo, a las mujeres se nos exige una perfección casi robótica. La Novia de Gyllenhaal es la antítesis de esa exigencia. Ella es el error que cobra vida, la anomalía que se niega a ser corregida. Es, en esencia, una "Extraordinaria" que no pide perdón por sus cicatrices.

    Cuando la película llegue a las salas, no iremos a ver cómo un rayo da vida a un cuerpo inerte. Iremos a ver cómo una mujer se hace dueña de su propia chispa. Porque, al final del día, todas sabemos que no hay nada más aterrador para el status quo que una mujer que ya no tiene miedo de las costuras que la mantienen unida.

    Maggie Gyllenhaal no está reanimando a un monstruo; está despertando a un icono para que nos enseñe que ser "creada" fue solo el principio de la historia. Lo interesante empieza cuando decides que tú eres la única que tiene el derecho a escribir el final.

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