El valor del ridículo: por qué las marcas están dejando de tener sentido (y por qué lo estamos comprando)
    Negocios

    El valor del ridículo: por qué las marcas están dejando de tener sentido (y por qué lo estamos comprando)

    Ana Vergara5 min
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    Si viste a Naomi Osaka entrar en la pista del US Open hace unas semanas, viste algo más que un uniforme deportivo. Viste un manifiesto. Con un lazo verde gigante a la espalda, volantes que desafiaban la aerodinámica y una estética que oscilaba entre una heroína de Sailor Moon y una tarta de cumpleañ

    Si viste a Naomi Osaka entrar en la pista del US Open hace unas semanas, viste algo más que un uniforme deportivo. Viste un manifiesto. Con un lazo verde gigante a la espalda, volantes que desafiaban la aerodinámica y una estética que oscilaba entre una heroína de Sailor Moon y una tarta de cumpleaños de lujo, Osaka no estaba allí solo para golpear una pelota. Estaba rompiendo la cuarta pared del marketing moderno.

    Durante décadas, las marcas nos vendieron una perfección aspiracional, simétrica y, seamos sinceros, profundamente aburrida. El lujo era sobriedad. El deporte era eficiencia. Pero algo se ha roto en la matriz del consumo y ha dejado paso a lo que en las mesas de estrategia de Nueva York y Londres ya llaman Absurdgasm: ese pico de adrenalina emocional que sentimos cuando algo no tiene absolutamente ningún sentido, pero nos encanta.

    Bienvenidos a la era del sinsentido deliberado, donde ser raro es el activo más rentable del balance de situación.

    El lazo de Naomi y la muerte de la eficiencia

    El diseño de Yoon Ahn (Ambush) para Osaka en Nike es el ejemplo perfecto de este giro de guion. En un entorno donde cada gramo de tela se mide por su capacidad de transpiración y aerodinámica, colocarle un lazo ornamental a una atleta de élite es un acto de rebeldía estética. Es decirle al mundo: "No necesito parecer una máquina para ser la mejor; puedo ser un personaje de anime si me da la gana".

    Este es el primer mandamiento de la nueva comunicación: la utilidad ha muerto como factor de diferenciación. Ya no compramos productos que "funcionan" (eso se da por sentado); compramos objetos que nos hacen sentir que formamos parte de una broma privada. Cuando el diseño de Osaka se volvió viral, no fue porque fuera técnicamente superior, sino porque era deliciosamente extraño. Las marcas han entendido que la perfección genera admiración, pero el absurdo genera conexión.

    De la aspiración a la alucinación: por qué lo raro vende

    Piénsalo por un momento. Llevamos años saturados de imágenes con filtros de Instagram, minimalismo escandinavo y tipografías sans-serif que hacen que todas las startups de colchones o vitaminas se vean exactamente igual. El ojo humano, cansado de tanta limpieza visual, ha empezado a buscar el fallo, la mancha, lo grotesco.

    Marcas como Loewe, bajo la dirección de Jonathan Anderson, llevan tiempo enviando a la pasarela zapatos hechos de globos o camisetas con píxeles que parecen sacadas de un videojuego de 1995. O MSCHF, el colectivo de Brooklyn que paralizó internet con unas botas rojas gigantes que parecían robadas del armario de Astro Boy. Ninguno de estos productos busca ser "bonito" en el sentido tradicional. Buscan el glitch.

    El Absurdgasm funciona porque rompe el algoritmo de nuestra atención. En un mundo de scroll infinito, lo que es bello se procesa rápido y se olvida. Lo que es absurdo nos obliga a detenernos, a procesar y, lo más importante, a compartir. Si no puedes entender qué estás viendo, tienes que enseñárselo a alguien para que te ayude a descifrarlo. Ahí es donde ocurre la magia del marketing orgánico.

    La vulnerabilidad como estrategia de lujo

    Hay algo profundamente humano en el absurdo. Ser perfecto es una fachada; ser ridículo es una confesión de vulnerabilidad. Cuando una marca se permite ser "tonta" o surrealista, está bajando la guardia. Y en una era donde la Generación Z huele la falsedad corporativa a kilómetros de distancia, esa vulnerabilidad se traduce en autenticidad.

    El atuendo de Osaka no decía "soy una campeona intocable". Decía "me divierte jugar con la moda tanto como ganar títulos". Esa autoconsciencia es magnética. Las marcas de hoy ya no quieren ser el profesor serio que te da una lección de estilo; quieren ser el amigo creativo y un poco excéntrico que te invita a una fiesta donde no hay código de vestimenta.

    Ya no se trata de "pertenecer" a un estatus social a través de un logo, sino de pertenecer a una comunidad que comparte el mismo sentido del humor. El absurdo es el nuevo lenguaje de exclusividad: si lo entiendes, eres de los nuestros.

    ¿Cómo aplicar el sinsentido sin perder el norte?

    No se trata de lanzar productos aleatorios porque sí. El absurdo exitoso requiere una ejecución técnica impecable. El lazo de Naomi funciona porque es Nike y porque es alta costura. Las botas de MSCHF funcionan porque son una proeza de ingeniería de materiales. El secreto del Absurdgasm es el contraste: una idea ridícula ejecutada con una seriedad absoluta.

    Si tienes un negocio o estás construyendo una marca personal, la lección es clara: deja de intentar encajar en el molde de lo que se supone que es "profesional". El mercado está saturado de profesionalismo gris. Lo que sobra es eficiencia; lo que falta es alma, sorpresa y un poco de caos controlado.

    Pregúntate: ¿Qué es lo más inesperado que podrías hacer hoy? ¿Qué parte de tu marca daría miedo mostrar por ser "demasiado extraña"? Es precisamente ahí, en el margen de lo que no tiene sentido, donde reside el mayor potencial de lealtad de marca de esta década.

    El cierre: abraza tu propio lazo verde

    La próxima vez que veas algo que te haga pensar "¿pero en qué estaban pensando?", no mires hacia otro lado. Analiza por qué te ha hecho detenerte. Lo absurdo es la última frontera de la creatividad humana en un mundo dominado por datos y predicciones de IA.

    Al final del día, el marketing no es una ciencia exacta, es un sentimiento. Y a veces, para que una audiencia sienta algo de verdad, tienes que atreverte a ponerte un lazo gigante y salir a la pista sabiendo que todos te miran. Porque, admitámoslo: entre ser impecable y ser inolvidable, la mujer extraordinaria siempre elegirá lo segundo.

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