Los hijos del algoritmo: el imperio millonario de Fortesa Latifi y la factura que las "momfluencers" les pasan a sus niños
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    Los hijos del algoritmo: el imperio millonario de Fortesa Latifi y la factura que las "momfluencers" les pasan a sus niños

    Ana Vergara5 min
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    Imaginen que su primer llanto, su primera rabieta en el supermercado y hasta la foto de su primer entrenamiento para dejar el pañal no solo son propiedad de sus padres, sino de cuatro millones de desconocidos y tres marcas de detergente. No es una distopía de ciencia ficción, es el modelo de negocio

    Imaginen que su primer llanto, su primera rabieta en el supermercado y hasta la foto de su primer entrenamiento para dejar el pañal no solo son propiedad de sus padres, sino de cuatro millones de desconocidos y tres marcas de detergente. No es una distopía de ciencia ficción, es el modelo de negocio más rentable de la última década. El salón de casa se ha convertido en una oficina de producción 24/7 donde el producto estrella no sabe que está trabajando.

    La oficina en la cuna: el auge de la economía de la exposición

    Durante años, celebramos a las "momfluencers" como el epítome del éxito femenino moderno. Eran mujeres que, desde la comodidad de sus cocinas de diseño, habían logrado hackear el sistema, conciliando vida laboral y familiar mientras facturaban cifras que harían palidecer a cualquier alto ejecutivo. Sin embargo, la periodista Fortesa Latifi ha decidido encender las luces del set de grabación para mostrarnos lo que hay detrás de las cámaras, y el panorama es, cuanto menos, inquietante.

    No estamos ante un simple álbum de fotos digital. Estamos ante una industria de miles de millones de euros basada en el "parenting". Aquí, la maternidad de élite se ha profesionalizado hasta tal punto que el nacimiento de un niño ya no es solo un evento vital, es un lanzamiento de producto. El test de embarazo positivo es el "teaser", la ecografía es el anuncio oficial y el parto es el evento en "streaming" que garantiza el pico de "engagement" necesario para renegociar contratos de publicidad.

    El contrato que nadie firmó: Fortesa Latifi y la ética del clic

    En su análisis sobre esta intersección entre negocios y maternidad, Fortesa Latifi pone el dedo en la llaga de una pregunta que muchas preferirían ignorar: ¿cuál es el precio de la privacidad de un menor? Cuando una madre decide monetizar la rutina de su hijo, está tomando una decisión financiera sobre un activo que no le pertenece: la identidad futura de ese niño.

    El problema radica en que, en la economía de la atención, la vulnerabilidad vende. Un niño sonriendo es tierno, pero un niño llorando por un berrinche genera comentarios, debates y, por lo tanto, alcance. Fortesa Latifi explora cómo las madres, atrapadas por los algoritmos de Instagram y TikTok, se ven empujadas a cruzar líneas éticas para mantener el crecimiento de su empresa personal. La privacidad se convierte entonces en un lujo prescindible frente a la necesidad de cumplir con los "KPIs" de una campaña de pañales orgánicos.

    El mito de la conciliación y la realidad del agotamiento infantil

    Nos vendieron que ser influyente era la democratización del trabajo femenino. Si trabajas para ti misma, eres dueña de tu tiempo, ¿verdad? Pero la realidad que destapa Fortesa Latifi es otra. Para estas familias, el hogar deja de ser un refugio para convertirse en un plató. El domingo por la mañana no es para jugar, es para crear contenido con "luz suave".

    Lo que en los negocios tradicionales llamaríamos trabajo infantil, en las redes sociales se disfraza de "tiempo de calidad compartido". Pero un niño que tiene que repetir cinco veces cómo muerde una galleta para que la marca se vea bien en el encuadre no está jugando; está cumpliendo una jornada laboral. La diferencia es que, a diferencia de los niños actores de Hollywood, la mayoría de estos "hijos del algoritmo" no tienen sindicatos, ni horarios regulados, ni cuentas de ahorro protegidas por ley donde se deposite su parte de las ganancias.

    Poder femenino y la trampa de la sobreexposición

    Es fascinante y contradictorio ver cómo el empoderamiento económico de miles de mujeres se ha cimentado sobre la pérdida de autonomía de sus hijos. Hemos pasado de la mujer relegada al hogar a la mujer que convierte el hogar en una empresa de medios de comunicación. Es una muestra de ambición y visión de negocio innegable, pero ¿a qué coste cultural?

    Fortesa Latifi nos invita a reflexionar sobre el tipo de cultura que estamos construyendo. Una donde el valor de un momento no reside en la experiencia, sino en su capacidad de ser indexado y vendido. Las mujeres en los negocios siempre han tenido que ser más astutas, más rápidas y más creativas, pero el auge de las "sharenting" (compartir en exceso la paternidad) sugiere que hemos aceptado un trato con el diablo digital: éxito financiero a cambio de la huella digital imborrable de quienes más deberíamos proteger.

    Hacia un nuevo código ético en la economía digital

    El trabajo de Fortesa Latifi no es un ataque a la maternidad, sino una llamada de atención al liderazgo femenino en la era digital. No podemos hablar de negocios éticos si no cuestionamos cómo se obtienen los beneficios. La regulación está empezando a despertar (Francia ya ha dado pasos legislativos para proteger a estos menores), pero el cambio más profundo debe ser cultural y empresarial.

    Las marcas, esas que tanto hablan de valores y propósito, tienen una responsabilidad enorme. Cada vez que una empresa paga por aparecer en el perfil de una madre que expone la intimidad de sus hijos, está validando ese modelo de negocio. La sostenibilidad de la que tanto hablamos en los consejos de administración también debería incluir la sostenibilidad emocional de las futuras generaciones.

    Ser una mujer de negocios hoy implica comprender que el impacto de nuestras decisiones va mucho más allá del cierre del trimestre. El legado de estas "momfluencers" no se medirá en sus seguidores ni en sus cuentas bancarias, sino en las sesiones de terapia de una generación que nunca supo lo que era vivir sin un objetivo frente a la cara.

    Al final del día, después de apagar las luces del anillo de luz y guardar los productos patrocinados, queda una pregunta que resuena en el silencio de una casa que es, a la vez, una oficina: ¿Valió la pena vender el misterio de la infancia por un puñado de seguidores? La respuesta llegará en diez o quince años, y para entonces, no habrá botón de "borrar" que pueda deshacer el camino recorrido.

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