Hubo un tiempo en que el cortometraje era considerado el hermano menor, un simple ensayo clínico antes de dar el salto al largometraje "de verdad". Pero Nerea Sciarra ha llegado para dinamitar esa jerarquía. Entrar en su universo —y concretamente en el de su última pieza, Pomo d’oro— es entender que el formato corto no es una falta de presupuesto, sino una declaración de principios: la elegancia de saber qué decir y, sobre todo, saber cuándo callar.
El arte de la precisión quirúrgica
Nerea no camina, se proyecta. Tiene esa mirada de quien está encuadrando la realidad incluso cuando solo está pidiendo un café. Al sentarnos a conversar sobre Pomo d’oro, lo primero que queda claro es que su cine no busca complacer, sino sacudir. "El cortometraje es como un espresso", me dice con esa seguridad de quien ha pasado horas en una sala de montaje. "Si no te despierta los sentidos en un golpe seco, es que está mal hecho".
Para Sciarra, la duración es una cuestión de respeto hacia el espectador. En la era del scroll infinito y la atención fragmentada, ella ha decidido apostar por la densidad emocional. No se trata de contar menos, se trata de contar mejor. Su liderazgo no viene de una jerarquía impuesta, sino de una visión clara: en sus rodajes, cada frame tiene que ganarse el derecho a existir. Si un plano no hace avanzar la historia o no define al personaje, se va a la basura. Sin sentimentalismos.
'Pomo d’oro': La belleza de lo incómodo
Hablar de Pomo d’oro es hablar de texturas. La pieza es un despliegue de sensibilidad visual que nos recuerda que el talento joven no está peleado con la maestría técnica. En este corto, Nerea explora las capas de la identidad y la fragilidad humana a través de una estética cuidada hasta la obsesión. No es solo cine; es una experiencia sensorial donde el sonido y el silencio juegan a partes iguales.
"Quería que el espectador sintiera el peso del color", explica. Y es que en su obra, el cromatismo no es decorativo; es narrativo. Nerea pertenece a esa generación de realizadoras que han entendido que el liderazgo femenino en el set no consiste en replicar modelos antiguos de mando, sino en crear una inteligencia colectiva donde la intuición y el rigor técnico conviven sin conflicto. Ella no dirige cámaras; dirige emociones que se capturan a través de lentes.
La nueva vanguardia: Menos es mucho más
Le pregunto por el estigma del "formato corto" y su respuesta es una lección de marketing cinematográfico. Para ella, el corto es la vanguardia real. Es donde se puede arriesgar sin el miedo paralizante de una distribución multimillonaria. Es el laboratorio donde se están cocinando las imágenes que veremos en los museos y en las grandes pantallas dentro de cinco años.
"Estamos viviendo una dictadura de la duración", comenta con una media sonrisa. "Parece que si algo no dura dos horas, no tiene valor. Pero, ¿cuántas películas de 120 minutos recuerdas realmente al día siguiente? Pomo d’oro dura apenas unos minutos, pero se queda contigo como un perfume que no puedes identificar pero que te resulta familiar". Ese es el sello Sciarra: una huella dactilar estética que es imposible de ignorar.
Liderar con la mirada (y sin pedir permiso)
Lo más fascinante de Nerea no es solo lo que filma, sino cómo lo gestiona. Ser una mujer joven en una industria que todavía huele a naftalina requiere algo más que talento: requiere una piel curtida y una voluntad de hierro. Ella no espera a que le den paso; ella construye su propio puente.
Su liderazgo es horizontal, pero firme. Habla de su equipo con una admiración que delata su inteligencia: sabe rodearse de los mejores porque no tiene miedo a ser cuestionada. "Un director que no escucha es un director que está muerto", afirma. En Pomo d’oro, esa escucha se traduce en una armonía técnica que roza la perfección, desde la dirección de fotografía hasta ese diseño sonoro que te susurra al oído cosas que no sabías que necesitabas escuchar.
El futuro no se espera, se rueda
Al terminar nuestra charla, me queda una sensación vibrante. Nerea Sciarra no es una "promesa" del cine español; es una realidad que ya está transformando nuestra forma de mirar. Su cine es un manifiesto contra la mediocridad y contra el relleno narrativo.
A las mujeres que vienen detrás, a esas jóvenes creativas que todavía dudan de si su voz es lo suficientemente fuerte, Nerea les lanza un dardo directo: "No busques la perfección, busca la verdad. La perfección es aburrida, la verdad es magnética".
El cine de Nerea es exactamente eso: una verdad rodada en formato corto, pero con una onda expansiva infinita. Si alguna vez tienes la oportunidad de ver Pomo d’oro, hazlo. Pero prepárate: después de ver cómo ella maneja el tiempo, te costará volver a aceptar que te lo roben con historias que no dicen nada.
Cierre: La mujer que detiene el tiempo
Nerea se levanta, ajusta su chaqueta y se despide con la elegancia de quien sabe que tiene un universo entero por filmar. Me deja pensando en esa frase suya sobre no robarle tiempo de vida al espectador. En un mundo saturado de contenido vacío, encontrarse con una creadora que venera cada segundo de su obra es, sencillamente, extraordinario. Ella no solo hace cine; disecciona la realidad para entregarnos la esencia. Y lo hace con la precisión de un relojero y el alma de una poeta. No le pierdan la pista: el futuro tiene su mirada.




