Por qué el "es solo una broma" de Elon Musk y compañía es la herramienta de control más eficaz del siglo XXI
    Opinión

    Por qué el "es solo una broma" de Elon Musk y compañía es la herramienta de control más eficaz del siglo XXI

    Carolina Heredia5 min
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    Imagínate que entras a una reunión de trabajo y, cada vez que abres la boca para proponer una estrategia, un compañero suelta una risita, te interrumpe con un comentario sobre tu aspecto o te lanza un "ay, qué intensita te pones". No te están pegando, no te están prohibiendo hablar, pero el mensaje

    Imagínate que entras a una reunión de trabajo y, cada vez que abres la boca para proponer una estrategia, un compañero suelta una risita, te interrumpe con un comentario sobre tu aspecto o te lanza un "ay, qué intensita te pones". No te están pegando, no te están prohibiendo hablar, pero el mensaje es nítido: este no es tu sitio. Ahora multiplica esa sensación por un millón de usuarios y tendrás la radiografía exacta de lo que significa ser mujer y tener una opinión en la red.

    La trampa del "trolleo" ligero

    Durante años nos han vendido que el trolling es una especie de deporte nacional en internet, una consecuencia inevitable de la libertad de expresión donde los más "aptos" —o los más ruidosos— sobreviven. Se nos dice que si te molesta un comentario machista bajo tu último post en LinkedIn o X, el problema es que no tienes sentido del humor. "Don’t feed the troll", rezaba el mantra de los años 2000. Pero esa indiferencia ha sido el abono perfecto para algo mucho más perverso.

    El trolling no es un evento fortuito ni una travesura de adolescentes aburridos en el sótano de su casa. Es una arquitectura de silenciamiento. Cuando una mujer con autoridad, ya sea una CEO, una periodista o una programadora, publica contenido de valor, la respuesta no suele ser un debate intelectual. La respuesta es el "trolleo ligero": cuestionar su credibilidad, ridiculizar su tono o recurrir al eterno "seguro que estás con el periodo".

    Este mecanismo no busca matarte, busca que te canses. Es una guerra de desgaste emocional que refuerza la jerarquía de siempre. Si cada vez que levantas la voz recibes una descarga eléctrica de comentarios tóxicos, al final, por pura supervivencia psicológica, terminas por modular tu discurso o, peor aún, por desaparecer. El patriarcado no necesita prohibirte el acceso a la tecnología si puede hacer que el entorno sea lo suficientemente hostil como para que te marches por tu propio pie.

    El algoritmo del desprecio y sus beneficiarios

    No podemos hablar de hostilidad digital sin mirar hacia arriba. Las plataformas que habitamos no son neutrales. Cuando figuras como Elon Musk utilizan su altavoz para flirtear con memes misóginos o validar cuentas que promueven un "regreso a los valores tradicionales" (ese código de barras que camufla el machismo de toda la vida), están enviando una señal de humo a todo el ecosistema.

    El algoritmo adora el conflicto. El odio genera clicks, el click genera tiempo de permanencia y el tiempo de permanencia genera dólares. Por eso, el trolling que sufren las mujeres no es un fallo del sistema, es una característica del diseño. Las redes sociales han monetizado la desigualdad. Mientras nosotras invertimos energía mental en bloquear, denunciar o respirar hondo antes de leer las menciones, ellos facturan.

    Es una asimetría de poder flagrante: el hombre que trolea gasta tres segundos en escribir una lindeza; la mujer que lo recibe gasta horas en procesar el impacto y decidir cómo proteger su marca personal y su salud mental. Esa es la verdadera brecha digital de la que nadie habla en los congresos de tecnología.

    La estética de la burla como arma política

    Hay una diferencia sustancial entre la crítica y el acoso, aunque la línea se ha vuelto borrosa a propósito. El acoso busca asustar, pero la burla busca despojar de humanidad. Cuando el ataque se disfraza de "broma", el agresor se coloca en una posición de superioridad absoluta. Si te quejas, eres una histérica sin humor. Si te callas, aceptas la humillación.

    Esta estética de la burla se ha convertido en la nueva política exterior de la red. Se utiliza para castigar a las mujeres que ocupan espacios que "no les corresponden". Fíjate en el patrón: las más atacadas suelen ser aquellas que hablan de finanzas, tecnología, gaming o política. Áreas donde el poder se reparte de verdad. El trolling actúa aquí como un sistema de vigilancia comunitaria: "puedes estar aquí, pero solo si aguantas el chaparrón".

    Lo que antes ocurría en la barra de un bar frente a un grupo de hombres que se reían de la única mujer presente, ahora ocurre en una plaza pública global. La diferencia es que ahora la humillación es permanente, indexable en Google y compartida miles de veces por desconocidos que sienten que, al humillarte, recuperan algo del poder que la igualdad les ha quitado en el mundo real.

    Del silencio individual a la respuesta colectiva

    ¿Qué hacemos ante este panorama? La solución no es, ni de lejos, que las mujeres abandonen la red. Eso sería regalar el territorio. Sin embargo, tenemos que dejar de tratar el trolling como un problema individual de "piel fina". Es un problema estructural de salud democrática.

    Necesitamos exigir a las plataformas una gobernanza que no premie la toxicidad. Pero, sobre todo, necesitamos entender que el "trolleo" es el perro guardián de una estructura que se niega a morir. Cuando identifiques ese comentario condescendiente o esa broma que busca invalidarte, recuerda que no es algo personal contra ti. Es un sistema intentando que vuelvas a la casilla de salida, que vuelvas a ser invisible.

    El poder real hoy en día se ejerce controlando la narrativa. Y la narrativa de las mujeres es demasiado valiosa como para dejar que cuatro tipos con un teclado y mucho resentimiento nos la arrebaten. La próxima vez que alguien te diga "no te lo tomes tan en serio", sonríe y sigue ocupando espacio. Porque lo que más les molesta no es tu respuesta, es tu éxito rotundo y tu negativa a ser silenciada.

    La red será nuestra, o no será de nadie. Pero mientras tanto, asegúrate de que tu voz sea lo suficientemente alta como para que el ruido de los trolls sea solo eso: un zumbido irrelevante de fondo en tu camino hacia la cima.