Por qué el mundo necesita a Mafalda más que Netflix nos necesita a nosotras
    Cultura

    Por qué el mundo necesita a Mafalda más que Netflix nos necesita a nosotras

    Elena Márquez5 min
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    No es una niña. No es solo un dibujo. Mafalda es el despertador de una clase media que, de tanto mirar pantallas, se ha olvidado de mirar por la ventana. Cuando se anunció que la creación de Quino saltaría a la plataforma de streaming más grande del planeta de la mano de Juan José Campanella, el rui

    No es una niña. No es solo un dibujo. Mafalda es el despertador de una clase media que, de tanto mirar pantallas, se ha olvidado de mirar por la ventana. Cuando se anunció que la creación de Quino saltaría a la plataforma de streaming más grande del planeta de la mano de Juan José Campanella, el ruido no fue solo por la nostalgia. Fue por la urgencia. En un momento de la historia donde la opinión pública parece un campo de batalla de frases hechas, el regreso de la niña que odia la sopa se siente como la llegada de un refuerzo militar cargado de preguntas incómodas.

    El poder de la pregunta frente a la dictadura del algoritmo

    Netflix no es tonto. Saben que Mafalda es un activo de valor incalculable porque ella inventó el pensamiento crítico antes de que se convirtiera en un hashtag. Mientras todas las marcas intentan ser "políticamente correctas", esta pequeña de seis años lleva décadas siendo políticamente incorrecta de la mejor manera posible: cuestionando por qué el mundo está como está.

    La vigencia de su discurso es casi aterradora. Las tiras que Quino dibujaba en los años 60 sobre la guerra, la desigualdad y la burocracia podrían publicarse hoy mismo y nadie notaría que tienen medio siglo de antigüedad. El reto de esta nueva serie animada no es solo estético, es éticamente ambicioso. ¿Cómo traducir el silencio reflexivo de una viñeta al ritmo frenético de una maratón de capítulos? La respuesta reside en la esencia del personaje. Mafalda no quiere entretenerte; quiere que te sientas mal por no estar haciendo algo para salvar el planeta. Esa es la tensión narrativa que necesitamos hoy.

    La feminista que no pidió permiso para serlo

    Mafalda es, quizás, la primera gran referente feminista para millones de mujeres en Hispanoamérica. Antes de los manifiestos contemporáneos, estaba ella, observando a su madre (Raquel) atrapada en la domesticidad de la cocina y el lavado de platos, preguntando con una punzada de tristeza: "¿Qué te hubiera gustado ser si vivieras?".

    Ella no solo desafiaba el rol de la mujer en la casa; desafiaba la estructura del poder mundial. Su feminismo no era una etiqueta de marketing, era una consecuencia lógica de su inteligencia. Para las nuevas generaciones, que navegan entre conceptos como el "techo de cristal" o la "brecha salarial", ver a una niña que se niega a aceptar el destino preestablecido de "casarse y limpiar" es un espejo necesario. En un mundo que nos pide que seamos complacientes para encajar, Mafalda es la apología de la incomodidad.

    El espejo roto de la geopolítica actual

    Si abres un periódico hoy, los problemas son los mismos que hacían que Mafalda se pusiera el termómetro en la boca para ver si "en este mundo todavía se puede hablar de salud". La paz mundial sigue siendo una utopía, la justicia es un concepto que se estira y se encoge según quién maneje el hilo, y nosotros seguimos siendo los niños que intentan entender el globo terráqueo.

    La elección de Juan José Campanella para dirigir este proyecto no es casual. El director de "El secreto de sus ojos" sabe manejar la melancolía y el humor social como pocos. El desafío es monumental: Mafalda no es un personaje de acción, es un personaje de reflexión. Su "acción" ocurre en el cerebro del lector. Llevar eso a la animación requiere una sensibilidad que respete los silencios de Quino. Porque Mafalda es tan potente por lo que dice como por lo que calla mientras mira el mundo con esos ojos enormes que parecen estar esperando una explicación que nunca llega.

    Susanita, Manolito y el microcosmos de nuestros vicios modernos

    Pero Mafalda no vuelve sola, y ahí reside la magia de su universo. El regreso de los personajes secundarios es, en realidad, el regreso de nuestras propias contradicciones.

    Susanita es la encarnación del clasismo y la obsesión por la imagen que hoy vive su apogeo en Instagram. Manolito es el capitalismo más rudo y directo, aquel que solo entiende de balances y ganancias. Libertad es el idealismo extremo que a veces roza lo impracticable. Y Felipe es el eterno postergador, el alma sensible abrumada por la realidad. Al verlos interactuar en pantalla, no veremos dibujos animados: veremos un análisis sociológico de nuestras propias oficinas, grupos de WhatsApp y cenas familiares. Netflix no solo está comprando una licencia; está comprando un espejo donde nos vamos a ver reflejados, y seguramente no nos guste todo lo que veamos.

    Por qué debemos celebrar este regreso (con cautela)

    Hay quienes temen que el formato digital le robe el alma a la tinta de Quino. Es un riesgo real. Sin embargo, la cultura necesita vehículos masivos para las ideas que importan. Si la serie logra que una adolescente en Tokio o un creativo en Berlín se detengan a pensar por qué el mundo necesita "un parche de sentido común", el objetivo estará cumplido.

    Mafalda no es nostalgia. Es vanguardia. Es la voz que nos recuerda que ser una niña no significa no tener voz, y que tener cinco décadas no significa estar desfasada. La noticia de su llegada a las plataformas debe leerse como un acto de resistencia cultural. En un mar de contenido vacío, la pequeña filósofa argentina llega para recordarnos que la sopa no es lo único que nos tiene que disgustar; nos tiene que disgustar la indiferencia.

    El mundo sigue girando, un poco descascarillado y bastante mareado. Tal vez, después de ver a Mafalda en nuestras televisiones, nos levantemos del sofá con la misma pregunta que ella nos dejó grabada a fuego: "¿No será que en este mundo hay cada vez más gente y menos personas?". Solo por esa duda, el regreso ya vale la pena.

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