Sam Levinson y la trampa estética: ¿Por qué nos gusta mirar el dolor de las mujeres?
    Opinión

    Sam Levinson y la trampa estética: ¿Por qué nos gusta mirar el dolor de las mujeres?

    Carolina Heredia5 min
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    ¿Cuántas veces hemos visto a Cassie Howard llorar rodeada de flores mientras su mundo se cae a pedazos? La imagen es perfecta, simétrica, teñida de un rosa neón que dan ganas de capturar en un pantallazo y colgarlo en Instagram. Ahí reside el truco. Mientras admiramos la paleta de colores de Euphori

    ¿Cuántas veces hemos visto a Cassie Howard llorar rodeada de flores mientras su mundo se cae a pedazos? La imagen es perfecta, simétrica, teñida de un rosa neón que dan ganas de capturar en un pantallazo y colgarlo en Instagram. Ahí reside el truco. Mientras admiramos la paleta de colores de Euphoria, nos olvidamos de que lo que estamos consumiendo es, en esencia, el desmantelamiento público y estético de la dignidad de una mujer. La serie de HBO no solo cambió la forma en la que se maquillan las adolescentes de medio mundo, también redefinió un estándar peligroso: la idea de que para que el arte femenino sea "profundo", el cuerpo y la psique de la mujer deben ser sistemáticamente humillados.

    La estética del trauma como producto de lujo

    No nos engañemos, la televisión siempre ha tenido una obsesión insana con las chicas tristes. Desde el desamparo de las heroínas victorianas hasta el heroísmo trágico de las protagonistas de los años noventa, el dolor femenino ha sido un motor narrativo incombustible. Sin embargo, en el universo creado por Sam Levinson, el dolor no es un motor, es el decorado. La diferencia entre el drama crudo y la degradación gratuita es sutil, pero ahí es donde se juega la ética de lo que vemos.

    Cuando vemos a los personajes de Euphoria atravesar situaciones de abuso, adicciones extremas o dinámicas de poder sexual asimétricas, la cámara no nos permite apartar la mirada, pero tampoco nos invita a la empatía real. Nos invita al voyerismo. Se nos presenta la tragedia con un filtro de purpurina y una banda sonora envolvente, convirtiendo la vulnerabilidad extrema en un producto de consumo de lujo. Si el sufrimiento es bello, ¿realmente nos importa que sea sufrimiento? Ese es el cinismo oculto tras los destellos de luz de la serie.

    El mito del "realismo" y el ojo masculino

    A menudo se defiende la serie bajo la premisa de que "así es la generación Z". Se dice que la serie es valiente porque no rehúye la realidad. Pero la realidad de las mujeres jóvenes no siempre pasa por ser grabadas en ángulos que priorizan la exposición física sobre la profundidad emocional. El problema no es que se retraten temas oscuros, el problema es desde dónde se miran.

    La mirada masculina, o male gaze, mutó en algo mucho más insidioso en esta producción. Ya no es solo la hipersexualización clásica de los años 2000; es la romantización de la quiebra emocional. Hay una tendencia casi sádica en someter a personajes como Cassie o Rue a una espiral de autoflagelación que parece no tener otro fin que el de ver hasta dónde pueden aguantar antes de romperse, siempre manteniendo la fotogenia. Nos venden libertad creativa, pero lo que recibimos es una coreografía de la degradación donde la mujer es el lienzo y el trauma es la pintura.

    ¿Provocación intelectual o simple espectáculo?

    La delgada línea se rompe cuando la narrativa deja de servir al personaje para servir al impacto visual. En la cultura pop actual, parece que para que una mujer sea considerada una "actriz seria", debe pasar por un bautismo de fuego televisivo que incluya desnudez innecesaria y humillación psicológica. Sam Levinson ha sido cuestionado precisamente por esto: por un proceso creativo que a menudo parece priorizar la desnudez de sus actrices bajo el pretexto de la "honestidad artística".

    La verdadera provocación no consiste en mostrar a una mujer rota en 4K. La provocación real sería explorar su poder, su ambigüedad y su capacidad de recuperación sin necesidad de desnudarla antes. Cuando la degradación se vuelve el único lenguaje para expresar conflicto, la serie deja de ser arte rompedor y se convierte en un catálogo de clichés sobre la fragilidad femenina. No es audacia, es pereza creativa disfrazada de vanguardia.

    El peligro de confundir estilo con sustancia

    El éxito de este tipo de producciones radica en que son irresistibles al ojo. El diseño de producción es tan soberbio que nos sentimos culpables por cuestionar el fondo. Es el equivalente a comer un pastel visualmente perfecto pero lleno de serrín. El riesgo cultural es inmenso: estamos educando a una audiencia joven en la creencia de que su valor narrativo aumenta cuanto más bajo caigan, y que esa caída debe ser, por encima de todo, estética.

    Si aceptamos la degradación femenina como una forma de entretenimiento "elevado" solo porque la iluminación es buena, estamos renunciando a exigir historias donde las mujeres sean sujetos de su propia vida, no solo objetos de la mirada de un director obsesionado con la tragedia. La cultura pop tiene el poder de moldear nuestra percepción del respeto y el consentimiento, y cuando esa línea se desdibuja bajo luces de neón, todos perdemos.

    Hacia una nueva mirada: recuperar el relato

    No se trata de pedir que todas las historias sean luminosas o que las mujeres en pantalla sean perfectas. El arte necesita oscuridad para ser verdad. Pero necesitamos que esa oscuridad no sea una herramienta para el regocijo ajeno. Necesitamos que el dolor de una mujer en la pantalla sea tratado con la misma dignidad que su alegría, y que la cámara aprenda a cerrar el encuadre en su rostro, en sus ojos y en su pensamiento, en lugar de alejarse para admirar su colapso de forma externa y deshumanizada.

    Al final del día, la pregunta que nos queda como espectadoras críticas no es si la serie es buena o mala, sino por qué nos hemos acostumbrado a consumir el sufrimiento de nuestras iguales como si fuera un postre. Tal vez es hora de apagar los focos de color malva y empezar a mirar qué hay realmente debajo de la purpurina: ¿una historia que merece ser contada, o simplemente el viejo espectáculo de siempre con un disfraz nuevo? Porque el poder real no consiste en ser el objeto más hermoso que se rompe frente a la cámara, sino en ser quien sostiene la cámara y decide qué historias merecen ser elevadas sin ser degradadas.